viernes, 11 de marzo de 2016

Melibea: primeras fotos

Mis amigos saben que en agosto del año pasado murió mi gata Yamita. Laura Almela, con quien hablé por esos días, me dijo, sabia y enfática: no dejes que se pierda lo que habías puesto en ella, pósalo inmediatamente en otro lugar. Así, una mañana de octubre, al poco tiempo de volver de un viaje de casi cuatro semanas, cuando se demoraba incomprensiblemente mi petición en un conocido refugio, la escritora Silvia Lira León me llamó la atención sobre un cartel publicado en línea que ofrecía en adopción una gatita de cuatro meses llamada Luna. 
Escribí al número telefónico que se ofrecía en él; me contestaron de inmediato. Esa misma tarde, llené la solicitud que me enviaron por correo electrónico y unos días después fui a recogerla, un martes, acompañado de mi hermano José María. 
Había aparecido en una bolsa de basura, con otros ocho gatitos de la misma camada. De entonces a la fecha hemos pasado unos cuantos meses de armonía, compañerismo y felicidad. Ya contaré, en algún post dedicado exclusivamente a ello, sin las prisas con las que escribo ahora, algunos detalles conmovedores. Esta entrega de Siglo en la brisa pretende sólo mostrar algunas imágenes de mis primeros tiempos de convivencia con la dulcísima gatita que acabó llamándose Melibea, de acuerdo con el significado etimológico de la palabra (leído, por cierto, en la Celestina de Menéndez Pelayo).


En un cajón de la cocina.

Una noche, Melibea descubrió su imagen en el espejo. Subía por la escalera muy quitada de la pena cuando algún movimiento a su derecha llamó su atención: su imagen reflejada en el espejo del baño. Primero, me parece a mí, se llevó un susto de muerte (nótese su lomo erizado en las dos primeras fotos). Luego encontró interesante el asunto, sin dejar por eso de sentir extrañamiento y temor. Conseguí captar la secuencia casi completa.




Las primeras semanas, le encantaba pasar ratos largos ojeando los muchos pájaros, mayormente gorriones, que andan por las ramas de los truenos a que se abre el balcón de mi casa. Así la descubrí en una ocasión, todavía en perfecto disimulo.


Tuve asimismo la fortuna de presenciar en momento en que descubrió la televisión. Todo el que convive con gatos sabe que de cuando en cuando se clavan en la pantalla de la tele, con algo que parece verdadero interés. También en este caso logré captar la secuencia.




La imagen que sigue puede verse todos los días, a diversas horas. No hay manera de que me tire a leer y ella no aparezca, posándose sobre mí, buscando siempre el acomodo y el calor.

Aquí, por último, asomada a la ciudad.


Foto de Lola G. Zapico



viernes, 4 de marzo de 2016

Un juego entre mí y yo

Aproveché una de las estancias en México del ilustrador belga François Olislaeger para invitarlo a hacer un programa de radio sobre el libro que dedicó a Duchamp. El formato de Marcel Duchamp, un juego entre mí y yo (Turner, 2015) recuerda los códices prehispánicos: una tira que se dobla en forma de biombo, dibujada por ambas caras, que al desplegarse alcanza los seis metros de largo (el Códice Boturini, por ejemplo, mide medio metro menos). 
Escrita y dibujada en blanco y negro, la tira ilustra la vida y la obra de Duchamp a partir de textos autobiográficos y algunos materiales relacionados con el pensamiento de uno de los padres del arte contemporáneo.
Como por asuntos de fecha y hora la entrevista no pudo realizarse en vivo, ni tampoco en una cabina del Instituto Mexicano de la Radio, lo invité una mañana a mi casa, a donde también acudió Enrique Gil, productor de A Pie de Página, con los bártulos para grabar nuestra conversación. El programa fue transmitido el último lunes del año pasado. (El enlace que lleva al podcast, al calce.)
Cuando nos despedíamos, pedí a Olislaeger que autografiara mi ejemplar; él lo abrió en cierto rincón y me hizo un pequeño retrato, que quedó escondido entre los cientos de dibujos del "códice". Cuando unas semanas más tarde volví a sus páginas, me costó trabajo encontrar el añadido –tan bien se adaptó mi personaje al resto de los dibujos impresos del artista belga–. Tuve que repasar hasta tres veces los doce metros de páginas dibujadas, para dar finalmente conmigo. Entre risas, por el absurdo de no encontrarme, pensé que el extravío bien daba para un post. Me hace gracia pensar que la idea del ejercicio, aprovechando la invitación implícita en su título, tiene algo de un juego entre mí y yo. A continuación la página en la que, gracias a la gentileza de Olislaeger, una caricatura de mí mismo se quedó a vivir entre los rincones de la vida y el pensamiento de Duchamp, al menos en el ejemplar que vive en mi biblioteca.





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La conversación con François Olislaeger puede escucharse en http://bit.ly/1TvyXdZ

viernes, 26 de febrero de 2016

Atlatlauhcan

Los aficionados a la arquitectura mexicana del siglo XVI sentimos algo parecido a la fascinación por un puñado de lugares, aquellos en los que se ha conservado lo que los historiadores llamaron “capilla abierta” o “de indios”, y que, según algunas opiniones autorizadas, es una de las máximas aportaciones de la cultura mexicana a la arquitectura de occidente. Esos lugares son, entre otros, Acolman o Tlalmanaco en el estado de México, Actopan y Metztitlán en Hidalgo, Teposcolula en Oaxaca (en la foto de abajo)…
Entre todas las capillas abiertas, hay una que me gusta tanto como las demás pero que posee un encanto que me conmueve especialmente. Es Atlatlauhcan. Es verdad que en ella no se encontrará el delirio genial de la capilla abierta de Tlalmanaco, ni las extraordinarias proporciones de la de San Nicolás Tolentino en Actopan, y mucho menos la grandeza en todos los sentidos, que en esta ocasión llamaré "romana", de la de San Pedro y San Pablo Teposcolula. Pero la capilla abierta de Atlatlauhcan, que ocupa un pequeño edificio independiente adosado al templo de San Mateo en el pueblo de ese nombre, es un portento de buen gusto, belleza y proporción. 
Gracias a que pasé los últimos días de 2015 en la casa de mi amigo Ernesto Alcántara en Nepantla, pude visitar nuevamente, sin ninguna prisa y a lo largo de tres o cuatro jornadas solitarias y felices, la fantástica serie de iglesias del siglo XVI que hay en la zona: Tlayacapan y Yecapixtla, Tetela del Volcán y Ocuituco… Aproveché la ocasión para conocer Totolapan, donde nunca había estado. Y aproveché para volver a Atlatlauhcan. Allí, en dos visitas, una de día y la otra de noche, hice las fotos que conforman este post.

La fachada de San Mateo a la luz del último sol; a la izquierda de la imagen, la capilla abierta.

La capilla abierta, que ocupa un pequeño edificio independiente.

La hermosa silueta de la nave de San Mateo, con sus características almenas.
La pequeña espadaña de la derecha corresponde a la capilla abierta.

Una de las capillas posas.

El volcán Popocatépetl, visto desde el atrio de San Mateo Atlatlauhcan.

La arcada real de acceso al atrio.
San Mateo Atlatlauhcan, de noche.

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Mi retrato en el atrio de San Pedro y San Pablo Teposcolula es de Florencia Molfino.

Más sobre arquitectura en este blog:
Carlos Mijares en Michoacán, http://bit.ly/QFoXOY
Una fotografía de Alberto Kalach, http://bit.ly/1oaQvyR
Ruinas de Antigua, http://bit.ly/Ub423w
A las vueltas con Vladimir Kaspé, http://bit.ly/sSM2Ql
Sobre una escalera de Luis Barragán, http://bit.ly/1Q43fm2

La foto a la derecha es de Martirene Alcántara.


viernes, 19 de febrero de 2016

Vietnam: un disparo y dos puntos de vista


Fernando Escalante Gonzalbo me llama la atención sobre la existencia de un documental acerca de la guerra de Vietnam, Hearts and minds (1974). En él, me cuenta mi amigo, aparece el momento que retrata la foto que propició el nacimiento del seudónimo de Gerardo Deniz, asunto al que me referí en este espacio hace tres semanas. 
Me apresuro a ver el documental. En imágenes en movimiento, el instante mismo del disparo a la cabeza y lo que viene después (una de las piernas acomodándose a la caída del cuerpo muerto, la cabeza de la que brota profusamente la sangre...) es simplemente atroz. A la vista del desenlace, no es menos atroz lo que ocurre antes. 
Mientras más lo veo, más me aterroriza. De entrada puede uno pensar que se trata de la misma toma y que la foto no es sino un fotograma de la película. Al principio, es cierto, me cuesta trabajo advertir que son dos puntos de perspectiva diferentes; luego, al volver a ver el terrible momento, me doy cuenta de que lo decisivo está en la casi imperceptible distancia que hay entre quien dispara y quien recibe el disparo: el punto de vista de quien capta la imagen es ligeramente distinto. 


Lo sorprendente del asunto, me hace ver Fernando, es que estuvieran allí las dos cámaras y que las cosas sucedieran de la forma en que están recogidas en la película. Reproduzco a continuación un fragmento del material documental (por cierto no exactamente de Hearts and minds sino de otra fuente), el del antes y el después del escalofriante momento. Agradezco a mi amigo Jonathan López por la investigación y la edición del corte que presento a los lectores de Siglo en la brisa.


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En la foto que acompaña esta nota, Gerardo Deniz y Fernando Escalante Gonzalbo. La imagen, que es mía, es de la tarde del 9 de agosto de 2013, y fue hecha en un restaurante de Insurgentes.